En este trecho que me ha parecido arduo y caminado siempre con el corazón por delante he obtenido valiosos aprendizajes existenciales. Sobre todo por comprometerme hasta el tuétano con cada ruta elegida y posteriormente descubrir, gracias a una gran curiosidad innata, que algunas de ellas resultaban alienantes, maniqueas o definitivamente deshumanizantes y sobre todo procurando aprender lo más posible, construir nuevos mundos internos y nunca desistir de la caminata. De niño tuve la oportunidad de vivir condiciones difíciles en ámbitos como el material por tener una situación económica apretada, el familiar al ser hijo de padres divorciados y el psicológico al transcurrir mi infancia con grandes carencias de autoestima. No obstante estas situaciones también conté con la fortuna de nacer con un espíritu fisgón y crítico, así como con el suficiente desarrollo de conciencia para estar convencido de que esas condiciones difíciles no eran permanentes y que en última instancia era libre y capaz de provocar la felicidad en mi y en los otros. Esta intuición me impulsó en distintas direcciones desde muy pequeño, comenzando con la lucha exhaustiva por “ser excelente”, desde un enfoque estéril y utilitarista que en aquellos momentos me resultaba retador y novedoso.
Mucho después recorrí el camino de la virtud desde los planteamientos filosóficos occidentales, buscando mejorar mi calidad de vida a partir de ser consistente con las virtudes cardinales y teologales; retomando la importancia de la existencia de un Dios creador-administrador y tratando de dilucidar la comprobación de su existencia por el camino de la lógica Aristotélico – Tomista. Con el tiempo descubrí que muchas de estas premisas lógicas tan validas en la argumentación filosófica no se ajustan a la realidad humana ciñéndola en una camisa de fuerza inflexible. Lo que además provoca la ilusión de conocer la verdad y una actitud de rechazo hacia los que no piensan igual. En este momento mi búsqueda se volvió hacia la autodeterminación y la búsqueda de libertad. Tenía recursos de la psicología humanista como la gestalt, la logoterapia y la programación neurolingüística. Llegando por esa misteriosa danza de la realidad a conocer la antropología del límite. Con estos nuevos planteamientos liberadores que abrazan los errores y las limitaciones humanas pude amar partes de mí que antaño no aceptaba y que había aprendido a ocultar con una búsqueda neurótica de perfección.
Comencé a trabajar de forma independiente en una asociación civil dedicada a ayudar a mujeres de escasos recursos, conociendo el modelo de desarrollo social de diversas organizaciones de inspiración religiosa y dándome cuenta de que muchos intentos de apoyo a las clases empobrecidas son ingenuas y solo reproducen las relaciones de explotación con medidas asistencialistas. Esto generó muchas inquietudes en mi intención por generar bienestar y felicidad en mi y en los otros. Luego el mundo de la consultoría se presentó ante mí y comencé un proceso de desarrollo y madurez que marcó radicalmente mi desarrollo profesional.
La vida me llevó a vivir solo en la ciudad de Cuernavaca, asesorando al Instituto de Educación Básica del Estado de Morelos en la elaboración de su Plan Estratégico Rector. Esta temporada me ejercité en convivir conmigo, lejos de la casa familiar administrando mis recursos y empezando a explorar mi curiosidad por diversos sitios, expresiones artisticas, libros y experiencias personales. El camino continuó hacia la mágica Oaxaca, trabajando capacitación y consultoría con la Universidad Autónoma Benito Juárez, prestando asesoría para la elaboración de su Plan Institucional de Desarrollo. Allí la magia se convirtió en parte de mi torrente sanguíneo. Los cerros de Oaxaca, la neblina de San José del Pacífico, Punta Cometa en Mazunte, los alebrijes de San Martín, la oscuridad de Huautla, los Augustos de Alejandro Jodorowsky, el ser inaccesible de Don Juan y el trabajo profundo de Autodependencia, en una vorágine de carreteras, enseñanzas, tierra roja, verde y blanca, siempre salpicada de cactus.
Ahí se definió una de mis principales búsquedas. Me dirigiría hacia los otros, los más empobrecidos y golpeados a lo largo de la historia. Mi lugar era privilegiado ya que por un lado tenía al alcance a la clase de los empresarios, dueños del capital a los que ayudaba a mejorar su rentabilidad y a eficientar sus procesos. Y por otra parte sentía una gran cercanía con la gente de las comunidades a las que había llegado en Oaxaca, disfrutando su estilo de vida y despertando una enorme curiosidad por entender su realidad tan distinta de la mía. Una nueva temporada de consultoría se presentó en Guadalajara y la tomé. Rodeándome nuevamente de buenos ingresos, lujos, comodidades y ese sentimiento añejo de que algo faltaba. Parecía que ya debía dirigirme a ese rumbo previamente vislumbrado. Así el tema de mi tesis se definió hacia la Responsabilidad Social Organizacional y las Competencias Humanas.
También entonces conocí el budismo y mi espiritualidad se volvía a desvelar ante mi observador. Es así que de nueva cuenta la sincronía de la realidad me dispuso al frente una posibilidad de seguir mi ruta. El Huracán Stann destrozó gran parte del estado de Chiapas y la Universidad Iberoamericana recibió una solicitud de apoyo Psicológico para hacer intervención en crisis. Así que hacia allá se dirigieron mis pasos. Mi existencia se expuso ante esas condiciones en una labor en la que tuve que movilizar todos mis recursos, conciente de que serían absolutamente insuficientes. No obstante lo anterior nunca en toda mi vida la felicidad había desbordado tanto cada uno de mis poros. Llegaba a la hora de dormir sabiendo que el trabajo aunque interminable y mínimo, era valioso para al menos uno de esos “radicalmente otros” y sobre todo supremamente importante para mí.
Ahora podía presentar mi tesis y dedicarme a trabajar por los demás. Desapegarme de muchas cosas, aprender a perder expectativas, a generar sonrisas, ayudar a disminuir temores, a construir redes y provocar apoyo. En seis meses un chubasco de esa realidad se filtró por mis ojos, mis oidos y mis poros. Pude experimentar mi “ser” sin la necesidad de “tener” y con un “hacer” tan pequeño comparado con la magnitud de las dificultades, que mi ego tuvo que aceptar su casi completa impotencia. El apego al futuro, al cumplimiento de mis expectativas, al agua caliente, a una dieta distinta de frijoles y la tortilla fue disminuyendo, diluyéndose en el verdor de los cerros, en las horas de caminata, en el piso de tierra, en las risas de los niños, en cuentos actuados, en ímpetu de vida experimentada aquí y ahora. Como siempre, como solamente podía pasar; el mayor bien lo saqué yo.
El compromiso y el sueño de continuar trabajando. La certeza de mi apuesta existencial en presente. El desapego a condiciones de comodidad. La certeza de un mundo concreto muy complejo. La claridad de mi ideal regulativo. Ahora la búsqueda de mi espiritualidad es más concreta. La felicidad por conocida ahora se confunde menos con búsquedas fútiles de placer. Me siento acompañado en esta ruta por la búsqueda del bienestar de los demás, que son yo. Pero sobre todo, vivo profundamente conectado con mi humanidad y la de los demás, atento a nuestra constante generación de sufrimiento; conciente del gran anhelo de felicidad de todos. Veo cada vez de forma más clara cuales son las rutas equivocadas por las que la buscamos. Ahora me sé un instrumento en constante perplejidad, con mucho amor hacia los demás y la convicción preponderante de servir.
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